LA SANTIDAD DE DIOS: CUANDO LOS POLOS OPUESTOS SE ATRAEN

Por Alejo Aguilar

Hace varios años, cuando me enteré de que los polos opuestos de los imanes se atraían mientras que los polos iguales se repelían, me di a la tarea de comprobarlo. Al hacerlo, también noté que el tamaño de los imanes tenía mucho que ver con el efecto y la forma de dicha atracción.

Siendo que, por inusual que parezca, considero que este fenómeno puede ayudarnos a entender un poco más acerca de la santidad de Dios, especialmente en lo que a nuestra actitud ante tan importante característica divina se refiere. Te propongo que reflexionemos brevemente sobre este asunto.

La primera vez que los escritores bíblicos usan el adjetivo santo es para referirse a un lugar, a un sitio que, debido a la presencia de Dios, Moisés tuvo que acercarse con la mayor reverencia posible:“Y dijo: No te acerques; quita tu calzado de tus pies porque el lugar en que tú estás, tierra santa es” (Ex.3:5).

Dada la obvia diferencia que hay entre el ser humano y Dios, esta escena, además de conocida, pareciera ser evidentemente lógica. ¡Acercarnos a un Dios santo no es cualquier cosa!  Y aunque los seremos humanos solo podemos vislumbrar lo que la santidad de Dios significa realmente, es claro que el acercarse a Dios implica hacerlo con respeto y reverencia.

Sin embargo, dado que el Señor siempre ha deseado relacionarse con nosotros y el pecado no lo ha hecho desistir de este objetivo, pensar que la santidad de nuestro Dios es un impedimento para acercarnos a él sería algo equivocado. No obstante, en el afán de mostrar cuán accesible es nuestro Dios, algunos han llegado a creer y enseñar que él es simplemente un amigo. 

El problema de esta perspectiva es que, para más de uno, esto significa que cuando Cristo nos llamó “amigos” (Jn. 15:13-15), lo hizo para igualar dicha relación con la forma en la que se tratan, digamos, dos amigos adolescentes. Pero, aunque el Señor a menudo usa imágenes y hasta sentimientos humanos para darnos a entender su mensaje, es obvio que esto no significa que espera que lo tratemos como a cualquierpersona que conozcamos.

Basta con analizar las historias bíblicas referentes a la amistad para notar que estas no se caracterizan por la falta de respeto ni por la liviandad de sus personajes. Ciertamente Dios anhela vehementemente que confiemos en él, al menos tanto como confiaríamos en nuestro mejor amigo, pero hacerlo debiera concederle un lugar especial en nuestra vida, no igualarlo a nosotros. ¿Significa esto, entonces, que Dios es un ser al que hay que acercarse con temor, o al que solo tienen acceso aquellos cuya moralidad está por encima del “promedio”?

La misma experiencia de Moisés tiene algo que decirnos al respecto: “Viendo Jehová que él iba a ver, lo llamó Dios de en medio de la zarza, y dijo: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: heme aquí” (Ex. 3:4; énfasis añadido).

Además de resaltar la iniciativa divina en este encuentro, la forma en la que el Señor se dirigió a un individuo que, al igual que nosotros, tampoco era santo por naturaleza es muy significativa: “Moisés, Moisés”.  Común y congruente con las costumbres del tiempo bíblico, mencionar dos veces el nombre de alguien denotaba, en aquellos días, familiaridad y cercanía, esto es, una forma de mostrar aprecio e incluso cariño por alguien.  Así se le llamó a Abrahán (Gen. 22:11); al niño Samuel (1 Sam. 3:10); a Dios mismo (Mat. 27:46) e incluso a Saulo de Tarso (Hc. 9:4).

Al tomar en cuenta esto, la escena que describe el famoso encuentro entre Dios y Moisés en la zarza ardiente presenta sin duda un cuadro hermoso y sobre todo equilibrado acerca de la santidad de nuestro Dios. Aclarando que el acercarse a Dios no puede ser algo tomado a la ligera, que nuestra manera de ir a él merece nuestras mejores y más respetuosas acciones y actitudes, este relato también nos enseña que dicho encuentro es posible, gracias a la iniciativa y afectuosa apertura del ser más sublime del universo.

Así, pese a contrastar abiertamente con nuestra condición pecaminosa, la santidad de Dios en la Biblia no es algo que debiera alejarnos o impedirnos relacionarnos con él, sino algo que va de la mano con su cariñoso deseo por acercarse a nosotros.

¿Hemos sido llamados por un Dios santo? Recordemos entonces el sublime privilegio que esto representa y actuemos en congruencia con ello en la iglesia y fuera de ella; sin olvidar que Aquél que espera que seamos santos (Lev. 11:44, 45) no ha dejado de atraernos hacia él, tal como lo hizo con su siervo Moisés, a pesar de que él y nosotros seamos “polos” tan opuestos a la gran atracción de su amor y santidad.

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