“El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (Luc. 4:18, 19).

JESÚS SANA

Los evangelios están salpicados de historias de los milagros de Jesús, especialmente los de curación. Como Isaías había profetizado, sanaba a los ciegos y liberaba a los que habían sido cautivos de la enfermedad, a veces después de muchos años de sufrimiento (ver, p, ej., Mar. 5:24-34; Juan 5:1-15). Pero él realizaba más que esto: hacía que los cojos volvieran a caminar; sanaba a los leprosos (no solo con palabras, sino tocándolos, aunque eran “impuros”); le hacía frente a los demonios que poseían la mente y el cuerpo de las personas; e incluso resucitaba a los muertos.

Cabría esperar que estos milagros hubieran tenido la intención de atraer a las multitudes y de demostrar sus poderes a tantos escépticos y críticos. Pero, no siempre fue así. A menudo, Jesús les indicaba a los sanados que no se lo contaran a nadie. Si bien parece que era poco probable que los recién sanados siguieran estas instrucciones y se guardaran esas noticias maravillosas, Jesús intentaba demostrar que sus milagros eran algo más importante que un espectáculo. El objetivo final, por supuesto, era que la gente llegara a ser salva en él.

Con todo, los milagros de curación de Jesús eran una expresión de su compasión. Por ejemplo, en el período previo a la alimentación de los cinco mil, Mateo narra: “Y saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos” (Mat. 14:14). Jesús sentía el dolor de quienes sufrían e hizo lo que pudo con la gente con la que entró en contacto, para ayudarla y animarla.

Lee la profecía de Isaías en Mateo 12:15 al 21. ¿De qué manera Isaías y Mateo identifican lo que Jesús hacía como algo más grande que sanar a unos pocos (o incluso a varios cientos) de enfermos?

“Cada milagro que Cristo realizaba era una señal de su divinidad. Él estaba haciendo la obra que había sido predicha acerca del Mesías; pero para los fariseos esas obras de misericordia eran una ofensa positiva. Los dirigentes judíos miraban con despiadada indiferencia el sufrimiento humano. En muchos casos su egoísmo y opresión habían causado la aflicción que Cristo aliviaba. Así que sus milagros les eran un reproche” (DTG 373).

Los milagros de curación de Jesús eran actos de compasión y justicia. Pero, en ningún caso eran un fin en sí mismos. En última instancia, todo lo que Cristo hizo fue con el propósito de conducir a la gente a la vida eterna (ver Juan 17:3).

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