“¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano?” (Isa. 58:6, 7).

UNA RAZÓN PARA ADORAR

A lo largo de toda la Biblia, se insta al pueblo de Dios a adorar a Dios, pero muchas veces también se nos ofrecen razones para hacerlo. Se nos dice que lo adoremos por lo que es, por lo que ha hecho y por sus tantos atributos. Entre estos están su bondad, justicia y misericordia. Cuando se nos recuerda cómo es Dios, lo que hizo por nosotros (especialmente en la cruz de Cristo) y lo que promete hacer, a nadie deberían faltarle motivos para adorar y alabar a Dios.

Lee Deuteronomio 10:17 al 22; Salmo 101:1; 146:5 al 10; e Isaías 5:16; y 61:11. ¿Cuáles son las motivaciones para adorar y alabar a Dios en estos versículos?

Esas razones para adorar no eran nuevas para el pueblo de Dios. Algunos de los momentos de adoración más entusiastas de los israelitas recién liberados se dieron en respuesta a la obvia intervención de Dios en su favor. Por ejemplo, después de salir de Egipto y cruzar el Mar Rojo, Moisés y María dirigieron al pueblo con cánticos de alabanza a Dios por lo que acababan de ver y por haber sido rescatados (ver Éxo. 15).

La justicia y la misericordia de Dios, según se revelan en tales acontecimientos, no debieran olvidarse. Mientras el pueblo conservaba vivas estas historias al volver a contarlas regularmente, los actos y la justicia de Dios seguían siendo una inspiración para su adoración años más tarde y en generaciones posteriores. Un ejemplo de volver a relatar y adorar se registra en Deuteronomio 10:17 al 22.

En primer lugar, la justicia de Dios simplemente es parte de su ser, un componente central de su carácter esencial. “¡Ni pensar que Dios cometa injusticias! ¡El Todopoderoso no pervierte el derecho!” (Job 34:12, NVI). Dios es justo y se preocupa por la justicia, y esa es una razón para adorarlo y alabarlo.

En segundo lugar, la justicia de Dios se refleja en sus actos justos y rectos en favor de su pueblo y de todos los pobres y oprimidos. Su justicia nunca es meramente una descripción de su carácter. Más bien, la Biblia retrata a un Dios que “o[ye] el clamor de los necesitados” (Job 34:28) y está activo y ansioso por corregir los errores que son tan obvios en nuestro mundo. Finalmente, esto se cumplirá plenamente en el juicio final de Dios y en el mundo renovado.

Si el antiguo Israel tenía razones para alabar al Señor, ¿cuántas más razones tenemos nosotros, después de la Cruz?

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