“No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová” (Lev. 19:18).

EL SEGUNDO DIEZMO

Muchos cristianos reconocen y siguen las instrucciones de la Biblia con respecto al pago (o devolución) del diezmo. Por lo general, se hace referencia a Malaquías 3:10: es una fórmula simple en la que los creyentes dan el diez por ciento de sus ingresos, para apoyar la obra de la iglesia en la difusión del evangelio. Al confiársele estos diezmos, las iglesias generalmente tienen pautas estrictas sobre el uso de estos fondos, fundamentalmente para emplearlos para sostener el pastorado directo y la evangelización.

Lee Deuteronomio 14:22 al 29. En estas instrucciones, ¿cuál es el propósito principal del diezmo?

La tentación es pensar que hemos cumplido con nuestros aportes cuando damos ese diez por ciento. Pero las instrucciones dadas a los israelitas sugieren que la cifra del diez por ciento era un punto de partida. Los estudios sugieren que un israelita en la antigüedad, según las pautas de las leyes levíticas, normalmente ofrendaba entre un cuarto y un tercio de los ingresos anuales a la obra de Dios, para sostener a los sacerdotes y el Santuario, y para ayudar a los pobres.

Algunos eruditos describen esta ofrenda (especialmente la dedicada a sostener a los extranjeros, los huérfanos y las viudas) como un segundo diezmo. Es obvio que el pueblo debía disfrutar de los resultados de su trabajo y celebrar sus cosechas. Dios prometió bendecirlos, especialmente en su nueva tierra, pero no debían dar por sentada esa bendición ni olvidar a quienes no eran tan dichosos.

En los años normales, esta parte de la cosecha debía llevarse al Santuario y desde allí se compartía. Pero cada tres años debía hacerse hincapié en compartir las bendiciones con su comunidad. En estas celebraciones de la cosecha, se prestaba especial atención a quienes fácilmente podrían haber sido pasados por alto u olvidados: “Darás también al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda; y comerán en tus aldeas, y se saciarán” (Deut. 26:12).

Según las instrucciones de Dios, al menos una parte de las ofrendas de los israelitas debía focalizarse en brindar ayuda financiera y práctica a quienes más la necesitaban. Nuevamente, esto se basaba en la memoria del pueblo y en el reconocimiento de cómo Dios había sido misericordioso y justo con ellos.

Lee Deuteronomio 26:1 al 11. ¿Qué les está diciendo el Señor? ¿Cómo deberíamos aplicar esto a nuestra forma de dar a los necesitados?

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