“No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová” (Lev. 19:18).

EL AÑO DEL JUBILEO

Al saber que los israelitas eran un pueblo que no tenía hogar propio y que esperaba su llegada a la Tierra Prometida, Dios conocía la importancia que la tierra asumiría cuando establecieran su nueva sociedad en Canaán. Bajo el liderazgo de Josué, Dios supervisó una distribución ordenada de la tierra por tribus y grupos familiares.

Pero también sabía que con el tiempo la riqueza, las oportunidades y los recursos relacionados con la tenencia de la tierra tenderían a concentrarse en manos de unos pocos. Las dificultades familiares, la mala salud, las malas decisiones y otras desgracias podían hacer que algunos terratenientes vendieran sus tierras para obtener ganancias a corto plazo o simplemente para sobrevivir, pero esto significaría que la familia podría quedar despojada en generaciones sucesivas.

La solución de Dios fue decretar que la tierra nunca podría venderse de manera absoluta, sino que se vendería solo hasta el siguiente “año del jubileo”, momento en el que la tierra volvería a la familia asignada, y cualquier tierra vendida podría ser redimida por el vendedor u otro miembro de la familia del vendedor en cualquier momento. Una vez más, Dios le recuerda al pueblo su relación con él y cómo eso afecta sus relaciones con los demás: “La tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra mía es; pues vosotros forasteros y extranjeros sois para conmigo” (Lev. 25:23).

Lee Levítico 25:8 al 23. ¿En qué medida imaginas que la sociedad sería diferente si se aplicaran estos principios, especialmente las palabras: “No se explotarán los unos a los otros” (vers. 17, NVI)?

“Las regulaciones que Dios estableció tenían por objeto promover la igualdad social. Las provisiones del año sabático y del jubileo habrían de corregir, en gran medida, lo que en el intervalo se hubiese desquiciado en la economía social y en las políticas de la nación” (PP 575).

Los historiadores bíblicos no están seguros de si estos ritmos económicos y sociales fueron totalmente acatados durante un período considerable (ver 2 Crón. 36:21). Con todo, estas regulaciones ofrecen una vislumbre interesante de cómo podría funcionar el mundo si se siguieran las leyes de Dios. Además, resaltan la preocupación particular de Dios por los pobres y los marginados, así como su preocupación de que la justicia se manifieste de manera práctica en nuestro mundo.

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