“He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre” (Sal. 127:3).

EL GOZO Y LA RESPONSABILIDAD DE SER PADRES

Lee el Salmo 127. ¿Cuál es el mensaje básico de este corto salmo? ¿Qué principios importantes deberíamos extraer en cuanto a cómo vivimos?

Cuando quieres cocinar tu comida preferida, sigues una receta. Si agregas todos los ingredientes necesarios y sigues todos los pasos correctamente, la mayoría de las veces obtienes los resultados deseados. Sin embargo, criar hijos no es como cocinar. Ningún niño es exactamente igual a otro, e incluso si haces todo de la misma manera que con otros niños, pueden resultar diferentes. Esto puede tener que ver con su género, el orden en el que nacieron, sus temperamentos innatos o varias otras razones. En el plan de Dios, los padres orientan a sus hijos y les enseñan a amar y a obedecer a Dios (Deut. 6:4-9; Sal. 78:5-7). La directiva de Dios para los padres es: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Prov. 22:6); y no estar encima de los niños para asegurarse de que nunca tomen decisiones equivocadas.

Si bien queremos que nuestros hijos pasen de ser personas pequeñas, tiernas e indefensas a adultos independientes y exitosos, nuestra responsabilidad suprema es que lleguen a conocer, amar y servir a Jesucristo. Como padres, podemos seguir el plan para el desarrollo espiritual de nuestros hijos descrito en Deuteronomio 6. Hay cuatro prerrequisitos importantes: que reconozcamos a “Jehová nuestro Dios” (Deut. 6:4); que lo amemos cabalmente y de corazón (Deut. 6:5); que atesoremos su Palabra (Deut. 6:6); y que compartamos con nuestros hijos lo que sabemos acerca de él (Deut. 6:20-23).

Deuteronomio 6 brinda, además, otros dos principios importantes. En primer lugar, el principio de “inculcar-hablar” (Deut. 6:7, NVI). Inculcar se refiere a la educación formal, mientras que hablar se refiere a la instrucción informal. En ambos casos, la comunicación de la verdad bíblica se produce dentro del contexto de la relación padre-hijo. Los momentos de instrucción formal pueden darse durante el culto familiar, mientras estudiamos la Palabra de Dios con ellos. La enseñanza informal surge espontáneamente en las circunstancias de la vida cotidiana, y es aún más importante. Los incidentes cotidianos pueden convertirse en vehículos efectivos para comunicar la verdad bíblica (Gén. 18:19). El segundo es el principio de “atar-escribir” (Deut. 6:8, 9). La verdad espiritual debe estar ligada a nuestras acciones (“mano”) y a nuestras actitudes (“frente”), pero también debe estar inscrita en nuestra vida privada (“postes”) y pública (“puerta”). Debe pasar de nuestro corazón a nuestro hogar y de nuestro hogar al mundo.

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