“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís” (Hech. 2:32, 33).

LA EXALTACIÓN DE JESÚS

“Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís” (Hech. 2:33).

En la tercera parte del discurso, Pedro volvió al tema de las lenguas, que había atraído al pueblo al principio. En vez de estar borrachos –lo que habría sido extraño a las nueve de la mañana (Hech. 2:15)–, los creyentes estaban hablando en lenguas porque el Espíritu Santo acababa de ser derramado del cielo.

Lee Hechos 2:33 al 36. ¿Cuál es la conexión entre la exaltación de Jesús a la diestra de Dios y el derramamiento del Espíritu?

La diestra de Dios es una posición de autoridad (Sal. 110:1-3). El argumento de Pedro, que se basa en la Biblia, es que, debido a que Jesús fue elevado a esa posición en el cielo, derramó el Espíritu sobre sus seguidores. La exaltación no le concedió a Jesús un estatus que no tenía antes (Juan 1:1-3; 17:5), sino que representaba el supremo reconocimiento, por parte del Padre, de su prerrogativa como Señor y Salvador (Hech. 2:36).

Este hecho en realidad nos lleva a uno de los temas más importantes de la Escritura: el conflicto cósmico entre el bien y el mal. La cuestión es que el Espíritu no podía venir plenamente si Jesús no era exaltado (Juan 7:39), y Jesús no sería exaltado si no hubiese triunfado en la Cruz (17:4, 5). En otras palabras, la exaltación de Jesús era la condición para la venida del Espíritu porque significaba la aprobación, por parte de Dios, de los logros de Jesús en la Cruz, incluyendo la derrota de aquel que había usurpado el dominio de este mundo (12:31).

La entrada del pecado en el mundo proyectó una sombra sobre Dios. La muerte de Jesús era necesaria no solo para redimir a los seres humanos, sino también para vindicar a Dios y exponer a Satanás como impostor. En el ministerio de Jesús, la era de la salvación ya estaba en marcha (Luc. 4:18-21). Cuando expulsaba a los demonios o perdonaba pecados, liberaba a los cautivos de Satanás. Sin embargo, fue la Cruz lo que le dio total autoridad para hacer eso. Por lo tanto, cuando el autosacrificio de Cristo fue autenticado en el cielo, Satanás recibió un golpe decisivo y el Espíritu comenzó a derramarse a fin de preparar a un pueblo para la venida de Cristo.

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