“El que fue sembrado entre espinos, este es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa” (Mat. 13:22).

LA CODICIA: HACER LAS COSAS A TU MANERA

Lee Isaías 56:11. ¿De qué pecado nos advierte?

Para nosotros, que somos seres caídos, la codicia puede ser tan fácil como respirar. Y tan natural, también. Sin embargo, es difícil imaginar algo en el carácter humano que refleje menos el carácter de Cristo que la codicia. “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Cor. 8:9).

Solo el Señor conoce el daño que la codicia ha causado a lo largo de la historia. La codicia ha derivado en guerras. La codicia ha hecho que la gente cometa delitos que acarrearon la ruina sobre sí misma y sus familias. La codicia puede ser como un virus que se aferra a su huésped y consume todas las virtudes hasta que todo lo que queda es cada vez más codicia. La avaricia es una enfermedad que lo quiere todo: pasión, poder y posesiones. Nuevamente, lo veo, lo quiero, lo tengo.

Lee Mateo 26:14 al 16. ¿Qué podemos aprender del poder de la codicia en esta triste historia?

Observa las palabras de Judas: “¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré?” (Mat. 26:15). ¡Hablando de permitir que la codicia invalide todo lo demás! Judas había sido un privilegiado como pocos en toda la historia: vivió con el Jesús encarnado, presenció sus milagros y lo oyó predicar las palabras de vida. Y, sin embargo, mira lo que la avaricia y la codicia lo indujeron a hacer.

“¡Cuán tiernamente obró el Salvador con aquel que habría de entregarlo! En sus enseñanzas, Jesús se espaciaba en los principios de la benevolencia que herían la misma raíz de la avaricia. Presentó ante Judas el odioso carácter de la codicia y, más de una vez, el discípulo se dio cuenta de que su carácter había sido pintado y su pecado señalado; pero no quería confesar ni abandonar su injusticia” (DTG 261).

¿Quién, si no se cuida, no manifiesta alguna codicia en su propio carácter? ¿Cómo podemos, por la gracia de Dios, mantener bajo control esta tendencia natural?

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