“El que fue sembrado entre espinos, este es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa” (Mat. 13:22).

LOS PASOS DE LA CODICIA

Como todos los pecados, la codicia comienza en el corazón. Empieza dentro de nosotros y luego trabaja hacia afuera. Esto es lo que pasó en el Edén.

Lee Génesis 3:1 al 6. ¿Qué hizo Satanás para tentar a Eva a pecar? ¿De qué modo utilizó los mismos principios a través de los siglos para enga­ñarnos a nosotros también?

“Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella” (Gén. 3:6).

Si no conociéramos bien la historia, podríamos pensar que la industria publicitaria obtuvo su ejemplo paradigmático de cómo vender sus productos a partir del relato del Edén. El diablo presentó el fruto del árbol prohibido de tal modo que generó en Eva el deseo de querer más de lo que ya tenía, y hacerle pensar que necesitaba algo que realmente no tenía. ¡Qué brillante! Su caída es una demostración de los tres pasos que cada uno de nosotros da cuando caemos en la avaricia: Lo veo, lo quiero, lo tengo.

La codicia, por supuesto, puede ser un pecado silencioso. Al igual que la lujuria, está escondida detrás del velo de nuestra carne. Pero, cuando finalmente produce frutos, puede ser devastadora. Puede dañar las relaciones, dejar cicatrices en nuestros seres queridos y, después, llenarnos de culpa.

Si permitimos que la codicia aflore, esta anulará cualquier principio. El rey Acab vio la viña de Nabot, la quiso e “hizo puchero” hasta que su reina mandó matar a Nabot (1 Rey. 21). Acán no pudo resistirse cuando vio una prenda y dinero, así que los codició y los tomó (Jos. 7:20-22). En última instancia, la codicia es simplemente otra forma de egoísmo.

“Si el egoísmo es la forma predominante de pecado, la codicia puede considerarse la forma predominante de egoísmo. El apóstol Pablo lo insinúa de manera llamativa al describir los ‘tiempos peligrosos’ [2 Tim. 3:1] de la apostasía final: representa al egoísmo como la raíz prolífica de todos los males que prevalecerán en ese entonces, y la codicia como su primer fruto. ‘La gente estará llena de egoísmo y avaricia’ [2 Tim. 3:2, NVI]” (J. Harris, Mammon [Mamón], p. 52).

¿Por qué es importante reconocer en nosotros todas y cada una de las tendencias a la codicia?

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