“Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones; pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal” (1 Ped. 3:12).

SUFRIR EN LA CARNE

Sí, Jesús murió por nuestros pecados, y nuestra esperanza de salvación se halla solamente en él y en su justicia, que nos cubre y nos hace ser considerados justos a los ojos de Dios. Gracias a Jesús, “eres aceptado delante de Dios como si jamás hubieses pecado” (CC 94).

Pero la gracia de Dios no termina solo con un pronunciamiento, una declaración de que nuestros pecados son perdonados. Dios también nos da el poder para vencer nuestros pecados.

Lee 1 Pedro 3:18 y 21; y 4:1 y 2; y Romanos 6:1 al 11. ¿Qué relación hay entre el sufrimiento y la victoria sobre el pecado?

Hay una pequeña palabra griega utilizada en 1 Pedro 3:18 que enfatiza la naturaleza de plenitud del sacrificio de Jesús. Es la palabra hápax, que significa “una vez y para siempre”. Pedro utiliza hápax para enfatizar la plenitud de los sufrimientos y la muerte de Jesús por nosotros.

La frase “puesto que”, en 1 Pedro 4:1, enlaza 1 Pedro 4:1 y 2 con lo que se acaba de expresar en 1 Pedro 3:18 al 22. En estos versículos anteriores, Pedro señala que Cristo sufrió por nuestros pecados a fin de que pudiera acercarnos a Dios (1 Ped. 3:18), y que “el bautismo que corresponde a esto ahora nos salva” (1 Ped. 3:21).

El bautismo, entonces, es quizás el mejor contexto para entender las siguientes palabras de Pedro: “pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado” (1 Ped. 4:1). Por medio del bautismo, el cristiano participa del sufrimiento, la muerte y la resurrección de Jesús; el cristiano ha tomado una decisión de “no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios” (1 Ped. 4:2). Esto se puede lograr solamente por medio de la entrega diaria del yo al Señor y la crucifixión de “la carne con sus pasiones y deseos” (Gál. 5:24).

En Romanos 6:1 al 11, Pablo dice que, en el bautismo, los cristianos se unen a Jesús en su muerte y su resurrección. En el bautismo, hemos muerto al pecado. Ahora debemos hacer que esa muerte al pecado sea real en nuestra vida. Las palabras de Pablo proveen el secreto de la vida cristiana: “Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom. 6:11).

¿Cuándo fue la última vez que tuviste que “padecer en la carne”, a fin de luchar contra el pecado? ¿Qué te dice tu respuesta acerca de tu vida cristiana?

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